Escuchando las noticias que últimamente aparecen en los informativos, compruebo con estupefacción los niveles de violencia, egoísmo, egocentrismo, aislamiento y ansia de poder a los que estamos llegando. Empezando por el final, estamos asistiendo a un episodio lamentable por parte de los dos principales partidos políticos de este país. De otra parte, me preocupan las “ofertas” haciéndonos creer lo fácil que nos va a resultar incrementar nuestros ingresos y lo autosuficientes que podemos llegar a ser.
Y es que, si juntamos todos los ingredientes, nos da como resultado, de primeras, un aislamiento generalizado; cada uno vivimos en nuestra burbuja, sin apenas contacto con las personas de al lado. Tengo, a veces, la sensación de ser lo suficientemente joven como para no haber podido vivir dentro de una sociedad más humana, en la que los vecinos casi, o sin casi, eran de la familia; que te habías quedado sin sal, te hacía falta que alguien se hiciera cargo de los hijos, de regar los tiestos, de recoger la correspondencia... no había más que decírselo, lo mismo que ellos a ti. Era algo normal. Dándole alguna vuelta más, pienso que, debido a esa confianza, posiblemente tendrían sus ratos de charla en las que, expresando y escuchando opiniones, también era normal que se discrepara, dudara e incluso alguno se volviera a casa con unas ideas diferentes a las que tenía al salir de la misma.
Estas cosas, a las que no se les concedía mayor importancia, las hemos ido perdiendo poco a poco, hasta el punto de que no estamos educados, (y por ello tampoco estamos educando), para compartir nuestras ideas con alguien que no sea de nuestra casa, lo que nos lleva a creer que somos los únicos poseedores de la verdad. Como tampoco estamos acostumbrados a que nos lleven la contraria, ni a escuchar otros razonamientos que nos puedan demostrar lo equivocados que podemos estar, cuando alguien se atreve a contradecirnos, parece que está mancillando nuestro honor y, para demostrarle que está equivocado, defendemos nuestra opinión a voces (no olvidemos que cuanto más alto hablemos, más razón tenemos) y, si con esto no logramos nuestro propósito, pasamos al plan B, que no es otro que la agresión verbal seguida, en muchos casos, de la física. Si nuestro interlocutor tiene el mismo proceder, el jaleo, mejor dicho, la violencia está asegurada, si por el contrario, se calla y se va, entonces resultará ser un “cobarde”.
Y pensando todo esto, quiero transmitírselo a cuantas personas me sea posible, porque, aunque poco, algo de solidaridad he conocido. Como no soy el único, me gustaría que otros también lo hicieran, y pronto, porque todavía podemos hacerlo en primera persona; de lo contrario, antes de lo que pensamos, hablarán de ello en tercera persona del plural, como tema de reflexión en una lección de filosofía o conocimiento del medio.
Jesús-Lorenzo de la Fuente Salinas.