El sábado 7 de julio, mientras casi todas
las miradas estaban puestas en los Sanfermines, a eso de las nueve de la
mañana, 19 cuevachos salíamos de excursión hacia Pedraza (Segovia). Destacar
que la edad media de la expedición no creo que llegase a los 30 años, gracias a
la cantidad de jóvenes que se animaron a venir.
Marina, que estrenaba permiso de
conducir, se puso al frente de la expedición. Sin nada que reseñar, pasamos por
Sepúlveda y llegamos a Pedraza para ver el pueblo de día. Entramos en la plaza
donde por la noche daban un concierto a puerta cerrada, paseamos por el pueblo,
compramos pan y bollos preñaos recién hechos, nos hicimos una foto a la puerta
de la antigua cárcel y llegó la hora de almorzar. Tan a gusto estábamos a la
sombra dando cuenta de todo lo que había en la mesa que nos costó tres intentos
dar por terminado el almuerzo.
A los coches y vuelta hasta
Sepúlveda. Una vez allí fuimos a un santuario que tenía un parque al lado,
ocasión que aprovecharon los más niños del grupo para subirse en todos los
aparatos y exigirle a Alfredo que querían algo así en Cueva; tan a gusto se los
veía que incluso los que no se montaron se unieron a la petición. En este punto
es cuando la directora de la excursión, Cristina, sacó su espray de protección
solar y repartió a diestro y siniestro; algo que no dejó de hacer en toda la
jornada. Si no hubiese sido por ella habíamos llegado a casa bien tostaditos,
pero que muy bien. Acto seguido, a la plaza del pueblo a tomar un refrigerio
antes de salir a comer.
Pues eso, que salimos hasta la Fuente de la Salud , con la incertidumbre
de si habría sombra libre para sentarnos; pillamos una por los pelos, porque
han cortado cuatro chopos enormes que allí había.
Descargamos los coches, extendimos
las mesas y nos dimos un chapuzón. Comimos, charlamos, sesteamos, otro bañito,
fotitos, recogimos y salimos…
…a la ermita de San Frutos pasando
por Sepúlveda. Ya empezaba a darme la sensación de que no todos los caminos
llevan a Roma.
Bueno, pues con los coches bien
llenos de polvo, llegamos a la ermita y disfrutamos del espectacular entorno en
que está enclavada. Hubo quien pasó por debajo de un altar con la esperanza de
que sus plegarias fueran escuchadas y otros lo hicieron simplemente por
curiosidad. Foto de grupo y salida hacia Pedraza para cumplir la última parte
del programa que nos había preparado Cristina. ¿Adivináis por dónde pasamos?
Eso es, por Sepúlveda.
Llegamos a Pedraza y, como era un
poco tarde, tuvimos que aparcar en el último lugar habilitado por la organización,
es decir, bastante lejos, por no decir a tomar por saco. Eso sí, había un olor
a tomillo que daba gusto. Allí mismo sacamos una mesa para cenar y al lío antes
de ir al pueblo.
En la entrada de Pedraza, unas fotos
y, ante la riada de gente que allí había, hicimos unos grupos lógicos (jóvenes por un lado y
menos jóvenes por otro), establecimos una hora y un lugar de quedada para
salir, porque era muy probable que alguno se despistase y cada uno fue con los
suyos a ver el pueblo a su aire.
Fuimos apareciendo en el lugar
convenido un poco con cuentagotas, pero más o menos a la hora prevista y nos
dirigimos hacia los coches.
Nos quedaba lo más duro, conducir de
camino a casa tras una jornada estupenda, llena de buenos momentos y muy
aprovechada porque empezó a las nueve de la mañana y salíamos de Pedraza a las
doce y media de la noche.
Afortunadamente, no hubo ninguna novedad
y llegamos todos a casa, tras dos horas de viaje, a disfrutar de un descanso
más que necesario.