lunes, 9 de julio de 2012

            El sábado 7 de julio, mientras casi todas las miradas estaban puestas en los Sanfermines, a eso de las nueve de la mañana, 19 cuevachos salíamos de excursión hacia Pedraza (Segovia). Destacar que la edad media de la expedición no creo que llegase a los 30 años, gracias a la cantidad de jóvenes que se animaron a venir.
            Marina, que estrenaba permiso de conducir, se puso al frente de la expedición. Sin nada que reseñar, pasamos por Sepúlveda y llegamos a Pedraza para ver el pueblo de día. Entramos en la plaza donde por la noche daban un concierto a puerta cerrada, paseamos por el pueblo, compramos pan y bollos preñaos recién hechos, nos hicimos una foto a la puerta de la antigua cárcel y llegó la hora de almorzar. Tan a gusto estábamos a la sombra dando cuenta de todo lo que había en la mesa que nos costó tres intentos dar por terminado el almuerzo.
            A los coches y vuelta hasta Sepúlveda. Una vez allí fuimos a un santuario que tenía un parque al lado, ocasión que aprovecharon los más niños del grupo para subirse en todos los aparatos y exigirle a Alfredo que querían algo así en Cueva; tan a gusto se los veía que incluso los que no se montaron se unieron a la petición. En este punto es cuando la directora de la excursión, Cristina, sacó su espray de protección solar y repartió a diestro y siniestro; algo que no dejó de hacer en toda la jornada. Si no hubiese sido por ella habíamos llegado a casa bien tostaditos, pero que muy bien. Acto seguido, a la plaza del pueblo a tomar un refrigerio antes de salir a comer.
            Pues eso, que salimos hasta la Fuente de la Salud, con la incertidumbre de si habría sombra libre para sentarnos; pillamos una por los pelos, porque han cortado cuatro chopos enormes que allí había.
            Descargamos los coches, extendimos las mesas y nos dimos un chapuzón. Comimos, charlamos, sesteamos, otro bañito, fotitos, recogimos y salimos…
            …a la ermita de San Frutos pasando por Sepúlveda. Ya empezaba a darme la sensación de que no todos los caminos llevan a Roma.
            Bueno, pues con los coches bien llenos de polvo, llegamos a la ermita y disfrutamos del espectacular entorno en que está enclavada. Hubo quien pasó por debajo de un altar con la esperanza de que sus plegarias fueran escuchadas y otros lo hicieron simplemente por curiosidad. Foto de grupo y salida hacia Pedraza para cumplir la última parte del programa que nos había preparado Cristina. ¿Adivináis por dónde pasamos? Eso es, por Sepúlveda.
            Llegamos a Pedraza y, como era un poco tarde, tuvimos que aparcar en el último lugar habilitado por la organización, es decir, bastante lejos, por no decir a tomar por saco. Eso sí, había un olor a tomillo que daba gusto. Allí mismo sacamos una mesa para cenar y al lío antes de ir al pueblo.
            En la entrada de Pedraza, unas fotos y, ante la riada de gente que allí había, hicimos  unos grupos lógicos (jóvenes por un lado y menos jóvenes por otro), establecimos una hora y un lugar de quedada para salir, porque era muy probable que alguno se despistase y cada uno fue con los suyos a ver el pueblo a su aire.
            Fuimos apareciendo en el lugar convenido un poco con cuentagotas, pero más o menos a la hora prevista y nos dirigimos hacia los coches.
            Nos quedaba lo más duro, conducir de camino a casa tras una jornada estupenda, llena de buenos momentos y muy aprovechada porque empezó a las nueve de la mañana y salíamos de Pedraza a las doce y media de la noche.
Afortunadamente, no hubo ninguna novedad y llegamos todos a casa, tras dos horas de viaje, a disfrutar de un descanso más que necesario.