El
domingo casi todos los andarines habituales de Cueva más unos
amigos de J. Pascual y sus hijas, quedamos para hacer la ruta que va
desde Ura hasta Castroceniza. Andrés iba un poco tocado porque tenía
un dolorcillo de cabeza que él atribuía a la vida sana que llevó
la noche anterior.
A
ratos camino, a ratos sendero, el trayecto discurre por el
desfiladero del Río Mataviejas (a saber el por qué de este nombre).
El
recorrido no presentaba ninguna dificultad, algo que ya intuíamos, y
era corto; esto permitió que estuviesen con nosotros Elena y sus
amigas aportando alborozo a la expedición.
Con
sol, entre buitres, rocas, fandanguillos y alegría llegamos a
Castroceniza. Llama la atención la cantidad de tejados y
construcciones derruídas que hay.
Allí
almorzamos, y a Andrés, gracias a la aceiterilla que llevaba, se le
pasó el dolor de cabeza. Un poquito de charla y regreso a Ura.
Climatológicamente, la mañana empezaba a empeorar ligeramente.
Más
de uno se estará preguntando ¡¡¿¿esta vez no tenían
comida???!!. Pues no, pero había plan alternativo porque nos
acercamos a Covarrubias, donde se celebraba el fin de semana de la
matanza, con la intención de meternos al cinto un par de pinchos.
Estábamos
en ello, de hecho teníamos los coches aparcados, hueco en la barra
de un bar y casi toda la lista de lo que íbamos a beber, cuando
surgió que no podíamos dejar de ver una ermita del S. XXI, ubicada
en el paraje de los Sabinares del Arlanza, erigida en honor de San
Olav.
Es
una construcción digna de ver y, lo mejor con diferencia, tuvimos la
suerte (por eso nos marchamos apresuradamente del bar) de que un guía
nos explicó todo lo concerniente a la ermita de forma muy amena. Un
lujo.
Pues
nada, con un poco más de conocimiento en la cabeza nos volvimos a
Covarrubias. Ya no había tanto sitio para los coches y en la barra
del bar del que nos habíamos marchado para ver el monumento ya no
cabía un alfiler. Allí nos estábamos deleitando con la consumición
cuando llegó una charanga (que se puso justo al lado nuestro) a
poner la nota musical de la mañana. Andrés conocía a uno de los
músicos ¡este hombre conoce gente en todas partes!
Un
pincho más tarde, en otro bar del pueblo, dudábamos de acercarnos a
visitar (o no) un pueblo hecho a escala en Quintanilla del Agua.
Finalmente no lo hicimos porque íbamos a fastidiar a la persona que
lo enseña, dado que eran las tres de la tarde. De manera que a los
coches y cada mochuelo a su olivo.
Llegamos
a casa a eso de las cuatro habiendo hecho, desde las 10 de la mañana,
turismo senderista, turismo cultural, turismo gastronómico y turismo
musical, todo, sin ningún tipo de prisa ni de agobio.
No
me digáis que no fue una mañana completita.
Para ver las fotos pinchar el enlace de abajo

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